Una cama cómoda, comidas que me gustan y momentos de descanso me ofrecen renovación. Tarjetas, llamadas telefónicas y flores de parte de mis seres queridos iluminan mi día. Aunque recibo con agradecimiento tales buenas acciones, comprendo que mi curación procede de mi interior. Cualquiera que sea el reto de salud, afirmo que el Espíritu morador me restaura.
Así como una lámpara resplandece al ser encendida, de la misma manera mi energía emerge cuando me uno en conciencia con la única Fuente de vida.
En pensamiento y oración, me alineo con la actividad sanadora del Espíritu Santo y soy renovado.
“Mas para vosotros, los que teméis mi nombre, nacerá el sol de justicia y en sus alas traerá salvación.”—Malaquías 4:2



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